
Amanecer del martes 24 de febrero de 1981. Fotografía copyright: Roberto Cerecedo
Un frío amanecer
A aquel alto y fibroso guardia civil, que tenía ante mi, el estrés y el cansancio le podía por momentos, en aquella fría mañana del amanecer del día veinticuatro de febrero, del año mil novecientos ochenta y uno.
Se le veía fornido, con boina de campaña, barba recortada, gafas, anorak de pluma verde oliva con cremallera. E intentaba, una y otra vez, acunar fuertemente su arma reglamentaria entre sus brazos.
Aunque no pudiera evitar que, en contadas ocasiones, el fusil ametrallador español de asalto Cetme se le fuera deslizando entre los guantes de lana negros, que cubrían sus manos,
Era muy temprano y toda la tarde y la noche el día anterior, había transcurrido henchido de grandes y fuertes emociones.
Un guardia civil con bigote
Un guardia civil con bigotes, ¡Ozú, mi alma!, ¡Qué miedo, gachó!, vecino del madrileño barrio de Chamberí, había interrumpido la sesión de investidura del Presidente del Gobierno de España, la de Leopoldo Calvo Sotelo, en el Congreso de los Diputados, ¡pistola en mano!
Volvemos a las andadas
-“¡Ya volvemos a las andadas¡" había manifestado enseguida el Secretario General del Partido Comunista de España, Santiago Carrillo Solares."¡A equipararnos con una república bananera!”
El primero en llegar
Fui el primero en llegar al Congreso de los Diputados.
Ese día no estaba dentro del Hemiciclo del Congreso como tenía por costumbre, cubriendo informativamente la Sesión Parlamentaria de Investidura.
Un puro trámite
La sesión prometía ser un puro trámite. Y en una tediosa tarde, del mes de febrero del año mil novecientos ochenta y uno, me había sumergido en
el placentero sofá del salón de mi domicilio y, sin proponérmelo, pero sin ofrecer
resistencia alguna, me deslizaba, progresiva y suavemente, entre los brazos
cálidos de Morfeo.
La votación
Era la hora de la siesta y escuchaba, en la radio, el trámite del monótono y cansino balbucear del secretario primero del Congreso, Víctor Carrascal, en lo que se esperaba sería la votación de Investidura y Elección del Presidente Leopoldo Calvo Sotelo.
-Don Carlos Navarrete Merino.
-No-Contesta el Diputado mencionado desde su escaño.
-Don Manuel Núñez Encabo.
-No- Contesta el Diputado.
Quieto todo el mundo
Cuando de improviso, la Cadena Ser emitió un fuerte golpe, seguido de un llamativo alboroto.
Luego, una voz militarizada que grita alto y claro: ¡Quieto todo el mundo!
Era la hora de la siesta y escuchaba, en la radio, el trámite del monótono y cansino balbucear del secretario primero del Congreso, Víctor Carrascal, en lo que se esperaba sería la votación de Investidura y Elección del Presidente Leopoldo Calvo Sotelo.
-Don Carlos Navarrete Merino.
-No-Contesta el Diputado mencionado desde su escaño.
-Don Manuel Núñez Encabo.
-No- Contesta el Diputado.
Quieto todo el mundo
Cuando de improviso, la Cadena Ser emitió un fuerte golpe, seguido de un llamativo alboroto.
Luego, una voz militarizada que grita alto y claro: ¡Quieto todo el mundo!
Salté del sofá
Instintivamente, salté del sofá del salón, como un resorte, en busca de mi equipo fotográfico, el magnetofón, mi bufanda roja y el chaquetón marrón de cuero.
Por esos días eran continuos los rumores de sucesivos intentos de Golpes de Estado, propiciados por militares golpistas, hijos y nietos de los sublevados y nostálgicos del general golpista Francisco Franco.
Por esos días eran continuos los rumores de sucesivos intentos de Golpes de Estado, propiciados por militares golpistas, hijos y nietos de los sublevados y nostálgicos del general golpista Francisco Franco.
Un general regordete y bajito
Francisco Hermenegildo Teódulo Franco Bahamonde, fue un general autoritario, regordete, bajito, de voz atiplada que gobernó España con mano férrea durante cuarenta años, que entró y salió de la Jefatura del Estado matando. Que murió en la cama firmando y ejecutando sentencias de muerte.
Una férrea dictadura
Un general que mantuvo una férrea dictadura militar y eclesiástica, en la que la mujer no tenía derechos, en una España de total ausencia de libertades.
Han matado a todos los parlamentarios
Salía, precipitadamente, por la puerta de mi domicilio, cuando la radio vomitó una inquietante, estruendosa e interminable ráfaga de metralleta.
-¡Han matado a todos los parlamentarios! ¡Los han asesinado a todos!, fue lo primero que grité.
El traslado
Ya en la calle paré el primer taxi que divisé y bajamos calle abajo camino al Congreso de los Diputados.
Al pasar por delante del Ministerio de Justicia no noté nada anormal, tampoco en la sede oficial de Telefónica, ni en la calle de la Montera, hábitat de las mujeres del buen vivir.
Al pasar por delante del Ministerio de Justicia no noté nada anormal, tampoco en la sede oficial de Telefónica, ni en la calle de la Montera, hábitat de las mujeres del buen vivir.
Trabajar con el cuerpo
Siempre he creído que las prostitutas son una institución necesaria.
Estoy frontalmente en contra de las mafias y la esclavitud. Pero no contra la libre elección de la mujer de trabajar con el cuerpo.
Estoy frontalmente en contra de las mafias y la esclavitud. Pero no contra la libre elección de la mujer de trabajar con el cuerpo.
Una parte de la población no es querida por las mujeres
Nadie tiene en cuenta, que hay una gran parte de la población de hombres que no es querida por las mujeres.
Gente incapaz de provocar ningún deseo: Los marginados, los desgraciados, los lisiados, los inútiles, los enfermos, los tímidos.
Es maravilloso entonces, como una grandiosa bendición caída del cielo, que existan grandes samaritanas, que les hagan disfrutar.
No provocaba ningún deseo
Gente incapaz de provocar ningún deseo: Los marginados, los desgraciados, los lisiados, los inútiles, los enfermos, los tímidos.
Es maravilloso entonces, como una grandiosa bendición caída del cielo, que existan grandes samaritanas, que les hagan disfrutar.
No provocaba ningún deseo
Eso mismo debió pensar también, aquel guardia civil con bigote, el teniente coronel Antonio Tejero Molina:
Que no provocaba ningún deseo, cuando irrumpió en el Congreso y ordenó, pistola en mano, el cuerpo a tierra de todos los presentes.
No hubo excepción
La orden fue igualitaria para todos. No hubo excepciones.
Equiparaba por igual al Presidente del Parlamento, a los Miembros de la Mesa, a los Funcionarios y a sus Señorías, que besaron el suelo del Parlamento, como a sus escoltas, policías y a las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado, que permanecieran, boca abajo, con su rostro pegado al frío pavimento de la entrada y a los accesos del Congreso.
El Capitán Muñecas me expulsó
Y así fue como yo me los encontré, cuando conseguí entrar en el Congreso, haciéndome pasar por uno de los golpistas, todos en el suelo, hasta que el Capitán Muñecas se dio cuenta de que en realidad era un periodista que se había colado y me expulsó de allí a punta de metralleta.
Al suelo todo el mundo
“Al suelo. Al suelo todo el mundo”, había gritado con fuerza el teniente coronel Antonio Tejero Molina, mientras las metralletas y los subfusiles de sus hombres vomitaban balas sobre todas las cabezas de los parlamentarios.
No vamos a poder pasar
El taxista, un hombre cincuentón, de cuello poderoso, que prontamente me trasladó al Congreso de los Diputados, en cuanto divisó la populosa plaza de la Puerta del Sol de Madrid me comentó:
-Aquí pasa algo. Hay follón de gente en la plaza impresionante.
El taxista, un hombre cincuentón, de cuello poderoso, que prontamente me trasladó al Congreso de los Diputados, en cuanto divisó la populosa plaza de la Puerta del Sol de Madrid me comentó:
-Aquí pasa algo. Hay follón de gente en la plaza impresionante.
Voy a tener que dejarle aquí. No vamos a poder pasar.
-Han dado un Golpe de Estado. Le respondí preocupado, sin atisbo de emoción.
-¡Ahí va! Y yo sin mi mujer, solo en casa, con la nevera vacía y el pasaporte caducado.
Pues en cuanto le deje a Vd., doy la vuelta y paso por el mercado de la esquina, antes de refugiarme en mi casa.
El flash back
Recurrí a las fuentes de mi memoria. Por mi cabeza pasaron velozmente las imágenes, como en un rápido flash back, de lo que había ocurrido en la Guinea del dictador Macías y en la de Chile y en la Argentina de los sanguinarios generales golpistas de Pinochet y de Videla.
-Han dado un Golpe de Estado. Le respondí preocupado, sin atisbo de emoción.
-¡Ahí va! Y yo sin mi mujer, solo en casa, con la nevera vacía y el pasaporte caducado.
Pues en cuanto le deje a Vd., doy la vuelta y paso por el mercado de la esquina, antes de refugiarme en mi casa.
El flash back
Recurrí a las fuentes de mi memoria. Por mi cabeza pasaron velozmente las imágenes, como en un rápido flash back, de lo que había ocurrido en la Guinea del dictador Macías y en la de Chile y en la Argentina de los sanguinarios generales golpistas de Pinochet y de Videla.
El veinticinco de abril
También los nítidos recuerdos, que guardaba celosamente en mi memoria, de la película de la Revolución de los Claveles portuguesa del veinticinco de abril, mil veces visionada.
También los nítidos recuerdos, que guardaba celosamente en mi memoria, de la película de la Revolución de los Claveles portuguesa del veinticinco de abril, mil veces visionada.
Las imágenes de los numerosos militares portugueses armados,
apostados en cada esquina, rodeando los cuarteles, mientras la gente de a pie,
ajena a la dimensión de lo que realmente estaba sucediendo, paseaban sorprendidos y ajenos
a su lado, mirándolos de reojo, y venían del mercado, tirando de los carritos y de las cestas y las bolsas
de la compra.
Había llegado el primero
El traslado hasta el Congreso de los Diputados había sido rápido. Se lo agradecí al taxista, pagué y me despedí. Seguidamente, crucé despacio, pero sin pausa, la Puerta del Sol. Había llegado el primero.
El traslado hasta el Congreso de los Diputados había sido rápido. Se lo agradecí al taxista, pagué y me despedí. Seguidamente, crucé despacio, pero sin pausa, la Puerta del Sol. Había llegado el primero.
Los seis autobuses
Al entrar, en la Carrera de San Jerónimo, observé que todavía permanecían, frente a la puerta del Congreso de los Diputados, los seis autobuses que habían trasladado al pequeño grupo de guardias civiles de tráfico, comandados por el teniente coronel Tejero y por un selecto grupo de capitanes, tenientes y tropa afines.
Delante de la fachada estaban los seis autobuses y había una fila de guardias civiles armados custodiándolos.
Miembros de la Guardia Civil uniformados
También, a lo largo de toda la Carrera de San Jerónimo, discurría una pequeña hilera de miembros de la guardia civil, separados cinco metros unos de otros.
Actuar deprisa
Tenía que actuar deprisa. Hacerme pasar por uno de ellos.
Tenía que actuar deprisa. Hacerme pasar por uno de ellos.
Para acceder a los sitios, previamente, hay que ganarse la confianza de los escoltas, de los jardineros, de los conserjes, de los porteros.
Tal y como me había enseñado mi hermano, el mítico periodista, fotógrafo y escritor Francisco Cerecedo, me había mojado ya los cabellos en la fuente de la entrada, me peiné hacia atrás y me fui decidido hacia la puerta del Congreso.
Cuando todos huyen, hay que precipitarse a donde se produce la noticia.
Sonido ambiente
Con mi cámara Nikon en una mano, el magnetofón Aiwa colgado del cuello y el carnet de prensa en la otra, fuí tomando imágenes y sonido ambiente en exclusiva, a la vez que me fui abrazando a cada uno de los miembros de la tropa golpista que salían a mi paso.
Un camarada
Fuí, gritándoles al oído, y con enorme emoción, de que era un camarada. Un fascista. Que era uno de los suyos.
Fuí, gritándoles al oído, y con enorme emoción, de que era un camarada. Un fascista. Que era uno de los suyos.
Felicitaciones
Actitud que apoyé con sonoras felicitaciones, palmadas en la espalda y gritos vehementes y desaforados de "¡Arriba España!" "¡España no podía seguir así!".
Actitud que apoyé con sonoras felicitaciones, palmadas en la espalda y gritos vehementes y desaforados de "¡Arriba España!" "¡España no podía seguir así!".
Déjale pasar. Es uno de los nuestros
Por lo que ellos mismos me pasaban la vez: “Déjale pasar. Es uno de los nuestros ” y posaban, sin ningún recato, ante mi cámara: "Haznos una foto para la historia".
Por lo que ellos mismos me pasaban la vez: “Déjale pasar. Es uno de los nuestros ” y posaban, sin ningún recato, ante mi cámara: "Haznos una foto para la historia".
Entrada
Así, fue como conseguí entrar en el Congreso, haciéndome pasar por uno de los golpistas.
Vi a todos en el suelo, incluidos los escoltas, muchos de ellos conocidos, hasta que el Capitán Muñecas se dio cuenta de que en realidad era un periodista que se había colado y me expulsó de allí a punta de metralleta.
Salir de allí
De vuelta, en la Carrera de San Jerónimo, me di cuenta que no podía mantener por mas tiempo mi fingido papel.
De vuelta, en la Carrera de San Jerónimo, me di cuenta que no podía mantener por mas tiempo mi fingido papel.
Y contaba con las imágenes, la información necesaria y era el momento de salir de allí.
Había que salir pitando y tenía que hacerlo deprisa, antes de que me descubrieran.
Material inédito
Contaba con un material inédito y guardé la cámara y el magnetofón en la bolsa, el carnet de prensa en el bolsillo y me dirigí, prontamente, a la plaza de Las Cortes, para salir pitando por la calle de El Prado.
Contaba con un material inédito y guardé la cámara y el magnetofón en la bolsa, el carnet de prensa en el bolsillo y me dirigí, prontamente, a la plaza de Las Cortes, para salir pitando por la calle de El Prado.
El hombre de la gabardina
Pero se me olvidó el hombre de la gabardina.
Se me olvidó, que en todos los Golpes de Estado, siempre aparece la figura de un civil alto, fibroso y desgarbado, vestido con una gabardina de color claro, que pulula por los alrededores, acompañado por un pequeño grupo de hombres armados hasta los dientes, que al verme, enseguida me rodearon.
El mismo teatro
Yo pretendí continuar con el mismo teatro, haciéndome pasar por uno de los suyos.
Pero el hombre de la gabardina, con gran frialdad, actitud chulesca y la cabeza erguida, me indicó que sería mejor no siguiera por ese camino.
Yo pretendí continuar con el mismo teatro, haciéndome pasar por uno de los suyos.
Pero el hombre de la gabardina, con gran frialdad, actitud chulesca y la cabeza erguida, me indicó que sería mejor no siguiera por ese camino.
-"A mi tu no me la das". Me escupió a la cara.
Los carretes
Traté de desviar su atención para que no descubrieran las cámaras y el magnetofón.
Traté de desviar su atención para que no descubrieran las cámaras y el magnetofón.
Les dije que la cartera con el poco dinero que llevaba, la tenía en mi bolsillo izquierdo.
-"Es peco el dinero que llevo encima, pero podéis quedaros con todo".
-"No. No. Sabes muy bien que no vamos por ahí".
"Nos vas a dar todos los carretes de película con las fotos hayas hecho y los cassettes", me dijo sin inmutarse, mientras sus compañeros de armas me arrinconaban con sus pistolas y metralletas contra el muro de la plaza.
El metsuke frente al nerviosismo
La aptitud serena y estable, en medio del desagradable e inesperado encuentro, el Metsuke, me permitió llegar a la comprensión de El Zanshin, de La Vigilancia.
El metsuke frente al nerviosismo
La aptitud serena y estable, en medio del desagradable e inesperado encuentro, el Metsuke, me permitió llegar a la comprensión de El Zanshin, de La Vigilancia.
Algo que me enseñó mi sensei, el ocho veces Campeón del Mundo de Karate Do, José Manuel Egea.
Así fue, gracias a mi maestro, como pude mantener la calma y los reflejos a punto. Sin que me temblaran las piernas. Eso me salvó.
Así fue, gracias a mi maestro, como pude mantener la calma y los reflejos a punto. Sin que me temblaran las piernas. Eso me salvó.
Las armas de fuego
Dentro del nerviosismo, a alguien se le pudo haber disparado alguna de las numerosas armas de fuego que portaban. Armas que apretaban, con sumo interés, contra mis costillas flotantes, contra el hígado, el bazo, frente a mi palpitante corazón.
Sn que pudiera evitarlo, el hombre de la gabardina me arrebató la Nikon y la Grabadora Aiwa, las abrió y las destrozó. Cogió todos los cassettes, los rompió y veló todos los rollos impresionados, exponiéndolos a la luz. Luego intentó hacer lo mismo con todos los carretes sin impresionar.
Cintas y carretes vírgenes
-"Estas son cintas y carretes vírgenes. Están sin impresionar, alegué en mi defensa".
-"Es igual. Es igual. Esos también. No te muevas, o no sales vivo de aquí".
Sn que pudiera evitarlo, el hombre de la gabardina me arrebató la Nikon y la Grabadora Aiwa, las abrió y las destrozó. Cogió todos los cassettes, los rompió y veló todos los rollos impresionados, exponiéndolos a la luz. Luego intentó hacer lo mismo con todos los carretes sin impresionar.
Cintas y carretes vírgenes
-"Estas son cintas y carretes vírgenes. Están sin impresionar, alegué en mi defensa".
-"Es igual. Es igual. Esos también. No te muevas, o no sales vivo de aquí".
El tiro de gracia
-"¿Le damos ya a éste el tiro de gracia jefe?". Dijo uno de ellos mostrando su metralleta impaciente.
-"No. Espera un momento".
-"¿Esperamos a que todo esté algo mas tranquilo?"
-"Si. Eso es. Espera a que te de mi señal".
¿Amigos o enemigos?
En esto, un coche ranchera de la Policía Nacional, las populares lecheras, entró despacio por la calle de El Prado, con varios números en su interior, los cristales bajados y la radio de trasmisión a todo volumen.
-"¡Control!¡Control! "
-"¿Le damos ya a éste el tiro de gracia jefe?". Dijo uno de ellos mostrando su metralleta impaciente.
-"No. Espera un momento".
-"¿Esperamos a que todo esté algo mas tranquilo?"
-"Si. Eso es. Espera a que te de mi señal".
¿Amigos o enemigos?
En esto, un coche ranchera de la Policía Nacional, las populares lecheras, entró despacio por la calle de El Prado, con varios números en su interior, los cristales bajados y la radio de trasmisión a todo volumen.
-"¡Control!¡Control! "
"Tenemos, frente a nosotros, en la plaza de Las Cortes, en la intersección con la calle de El Prado, a un grupo indeterminado de civiles armados y a un paisano, que parece ser un periodista. Comunicaron por radio".
-"¿Son amigos o enemigos?" Le contestó una voz firme al otro lado.
-"No lo sabemos ¿Qué hacemos?"
-"¿Son amigos o enemigos?" Le contestó una voz firme al otro lado.
-"No lo sabemos ¿Qué hacemos?"
Soy periodista
Con determinación, aprovechando el desconcierto, me lancé contra el capó del coche de la policía nacional, con los brazos en alto, bien extendidos y dando grandes voces:
-"¡Soy periodista! ¡Soy periodista!".
Afortunadamente, eso hizo que el siniestro hombre de la gabardina y sus secuaces, desaparecieran rápidamente calle arriba y los policías nacionales me dejaran ir, el que yo me dirigiera al Hotel Palace, una manzana mas abajo.
Con determinación, aprovechando el desconcierto, me lancé contra el capó del coche de la policía nacional, con los brazos en alto, bien extendidos y dando grandes voces:
-"¡Soy periodista! ¡Soy periodista!".
Afortunadamente, eso hizo que el siniestro hombre de la gabardina y sus secuaces, desaparecieran rápidamente calle arriba y los policías nacionales me dejaran ir, el que yo me dirigiera al Hotel Palace, una manzana mas abajo.
El cuartel general
Hotel Palace, que enseguida se convirtió en el cuartel general del Gobierno Provisional de Subsecretarios y punto de encuentro de los periodistas.
Hotel Palace, que enseguida se convirtió en el cuartel general del Gobierno Provisional de Subsecretarios y punto de encuentro de los periodistas.
La noche de la radio
Las radios, fue su noche, habían vomitado toda la abundante información generada y eran muchos los compañeros que nos habíamos acercado al Congreso. Y allí estuvimos todos esa tarde y parte de la madrugada del día siguiente.
La salida de los escoltas y los diputados en una mañana fría
La mañana del día veinticuatro de febrero del año mil novecientos ochenta y uno amaneció temprano.
La salida de los escoltas y los diputados en una mañana fría
La mañana del día veinticuatro de febrero del año mil novecientos ochenta y uno amaneció temprano.
Una visible lengua espesa, calina, blanca y fría, que se asomaba desde la Puerta del Sol, dejó entrever la salida de la fuerza ocupante, que se descolgaba por una ventana lateral del edificio del Congreso y se entregaba a sus compañeros de armas.
Las metralletas
Sorprendentemente, todos pudimos observar también, como los golpistas daban sus metralletas a sus compañeros, que éstos recogían. Y cómo éstos se las devolvían después, una vez que había saltado desde la ventana a la calle.
Sorprendentemente, todos pudimos observar también, como los golpistas daban sus metralletas a sus compañeros, que éstos recogían. Y cómo éstos se las devolvían después, una vez que había saltado desde la ventana a la calle.
Salida de Diputados
Tras ello, y por la puerta principal, comenzaron a salir todos los diputados, acompañados de sus escoltas Todos ellos con caras de circunstancias, alivio y muy cansados.
Tras ello, y por la puerta principal, comenzaron a salir todos los diputados, acompañados de sus escoltas Todos ellos con caras de circunstancias, alivio y muy cansados.
La rendición
Instantes antes, en una esquina del patio del Congreso, el teniente coronel Antonio Tejero Molina había firmado su rendición encima del capó del coche oficial de un conocido diputado .
Yo no dejé de disparé varias veces mi cámara, en aquel frio amanecer del mes de febrero de 1981.
El ex coronel Tejero Molina en la actualidad
Me dicen, sus compañeros de vivienda, que después de haber sido expulsado del ejército sin honor, tras la asonada militar y cumplir una larga condena, que el ciudadano Antonio Tejero vive en una lujosa y amplia vivienda, cedida por el Ejército Español en el Barrio de Chamberí.
No cogen el teléfono
Pero que los Molina no atiende el teléfono.
Su teléfono no para
Vamos, que su teléfono no para de sonar para solicitarle declaraciones y entrevistas .
Pero que no es que no descuelgue el teléfono por timidez, sino que lo tiene a nombre de su mujer Carmen Díaz Pereira y ni él, ni su mujer, admiten entrevistas.
Pero que no es que no descuelgue el teléfono por timidez, sino que lo tiene a nombre de su mujer Carmen Díaz Pereira y ni él, ni su mujer, admiten entrevistas.
Placenteros paseos
Afortunadamente, para sus incondicionales, al matrimonio Molina se les puede ver por los alrededores de la finca, dando placenteros y largos paseos matinales. Sobre todo los sábados soleados por la mañana.
Afortunadamente, para sus incondicionales, al matrimonio Molina se les puede ver por los alrededores de la finca, dando placenteros y largos paseos matinales. Sobre todo los sábados soleados por la mañana.
Recorrer las calles de Madrid
Me dicen, que les han visto recorrer las calles de Madrid del céntrico Barrio de Chamberí.
Cogidos de la mano
Me dicen, que van cogidos de la mano, con sus dos manos entrelazadas. ¡Enamorados el uno del otro! ¡Como el primer día!
Se les suele ver pasear por el barrio sábado tras sábado y algún que otro domingo soleado.
Qué tiempos aquellos
Lejos quedan ya, perdidos en la lontananza, aquellos sueños de las adoradas montañas nevadas, cara al sol, con las banderas al viento, con los brazos en alto.
¡Qué tiempos aquellos vividos por los Tejero Molina!
¡Qué diferente de ahora, cuando, pistola en mano, hizo temblar al Estado!
¡Qué sueño el de aquél día!
El sueño enamorado
Pero los sueños, sueños son. Y como todos los grandes sueños, tan solo había durado media tarde y una larga noche, hasta bien entrado el amanecer. En las grabaciones que le hicieron su hija Carmen, ésta le llegó incluso a pedir que volviera a casa.
Por lo que, aquella fría tarde del martes veintitrés de febrero del año mil novecientos ochenta y uno, sueño es ya. Pero sueño enamorado.
También le han visto en el metro
Dicen que le han visto incluso viajar en el metropolitano.
Dicen que le han visto incluso viajar en el metropolitano.
Afirman, los que le han visto, que le han visto trasladarse en metro y con cierta frecuencia, a no se sabe muy bien a dónde. Con rumbo desconocido, como perdido.
Sin rumbo
Siempre sin rumbo conocido, sentado en un asiento al final del convoy.
Cohibido, silencioso, tímido, marginado, sintiéndose inútil, sin la utilidad de antaño.
Pero sin importarle, lo mas mínimo el qué dirán.
© Roberto Cerecedo. Todos los derechos reservados. Queda rigurosamente prohibida su reproducción total o parcial, por cualquier medio o procedimiento, comprendidos Internet, la reprografía y el tratamiento informático, sin autorización expresa por escrito del titular del copyright, bajo las sanciones establecidas en las leyes.
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